jueves, 4 de julio de 2013

Mordor, ese lugar 3 y 4

¿Habéis leído ya el 2?

Estos dos días los voy a contar juntos. 

Miércoles:

Un compañero, que comparte afección alérgica conmigo a los ácaros, empezó a estornudar sospechosamente. Eso ya no era de alergia, a pesar de estar la puñetera sala completamente enmoquetada. ¡Qué obsesión!

Y yo lo sentí. Sentí exactamente el momento en que sus virus empezaron a tomar posiciones en mi organismo. Casi a última hora, cuando yo ya tenía unas ganas locas de llegar al hotel, cenar alguna porquería (es que era la final de baloncesto y mi compañero es muy fan, así que no íbamos a salir a cenar a ningún lado) y no hacer nada más que ver series. Que los días anteriores me los había pasado haciendo trabajo del mío, del de Metro&medio.

Más bonicos nosotros, nos fuimos al Marks & Spencer Foods del aeropuerto (es que nuestro hotel estaba tal que en frente, el Premier Inn, muy majo) y yo me compré unas patatuelas con sal y vinagre y me había reservado un doble Snickers, que había comprado en la visita del día anterior a Crawley.

Mancanta la tipografía, tengo que buscar alguna que se le parezca 
(reduced fat... jajajajajaja)


¡Qué cuca yo! 

Fue salir de la ducha y sentir ¡EL MAL!

Menos mal que me había pertrechado de un paquete de ocho de pañuelos de papel, que me conozco. Y porque los tres que me había traído los fulminé ese mismo día. 

Cambié el ratón por el paquete de Kleenex.


Sólo dos llegaron a Palma

Pero por mis gónadas que ataqué la bolsa de patatas.

Terminé la invitación para la Tiki Party y creé el evento, avisé a doña Caye, vi el primer episodio de la nueva temporada de True Blood y a duras penas pude apagar el portátil para compadecerme de mí misma y dormirme.

FIN 


Jueves:

Despertarme a las seis de la mañana con EL DOLOR de ese punto en el que se unen el final de las fosas nasales y empieza la garganta (que no sé si existe, pero esa es mi sensación).

Eso no podía acabar bien, como el día del ataque de los macarrones malignos.

Supliqué vía whatsapp a mi compañero a ver si podía acercarse a la farmacia de la terminal y traerme lo que fuera para descongestionar la nariz: un sacachorchos, un taladro hidráulico, un saca-petróleo texano... y si no había más remedio, un simple spray de esos.

Por lo visto en Gran Bretaña la congestión nasal debe de ser pacotilla, porque lo que me lo tuve que poner casi cada tres horas. Encima eran gotas, no spray. Un guachipeich asqueroso y poco efectivo.

Unas compañeras nos llevaron a comer a un pub de esos que a mí me parecen tan pintorescos pero que para los lugareños son como el Bar Pepe para nosotros. Me tocó ir en el lado del copiloto. Osea, donde debería estar el volante. Una cosa muy rara.

No se me ocurre otra cosa que pedirme una lasaña. Buena estaba. Sí, sí. Pude averiguarlo una vez mi paladar recuperó la sensibilidad después de comprobar que me la sirvieron al punto Inferno de Dante.

Mis tres compañeros conversando alegremente, preguntándome cómo me encontraba y yo con cara de acelga, medio sorda (¿os pasa que cuando se os congestiona la nariz se os tapan los oídos o soy la única defectuosa?), capacidad de procesamiento de idioma extranjero bajo mínimos y preguntándome qué narices impulsará a los británicos a acompañarlo todo con patatas fritas. Sí, mi lasaña venía con acompañamiento de una micro-ensalada y patatas fritas.

Y Pepsi, tenían Pepsi. As-que-ro-sa.

Llegamos a la enorme y enmoquetada oficina y procedí a recoger mis bártulos y largarme, no sin antes decirle al contagiador que pensaría mi venganza.

Llegué al hotel, encendí el ordenador para trabajar desde la habitación y me tomé un té caliente. Estaba yo gonicadeltó. Me tomé otro té caliente.

A la hora en punto en que se supone que acaba la jornada, me tomé un té caliente, cerré todo lo que me unía al trabajo y puse rumbo a la ducha. Muy lastimoso todo. Y me tomé otro té caliente.

Jamás en mi vida había tomado tanto té caliente. Pero era lo único que me reconfortaba.

Me enchufé las gotas nasales hasta que pude volver a respirar y, sí, otro puto té. Pero esta vez en el paraíso...


Otra vez, por mis gónadas, que aunque fuera lo último que saboreara*, me comí el doble Snickers. Vi el último episodio de la temporada de Mad Men. Y me dormí.

No sin antes haberme ahogado en otros dos tés.


Y hasta aquí os dejo, convertida en piltrafa humana.

Como adelanto: jamás en mi vida había tenido tantas ganas de volver a casa, con lo que me gusta a mí irme de pingos.

¡Ánimo! Ya sólo os queda un día más de soportar mi aventura en Mordor.





* Y así fue hasta hace poco, diría que justo a tiempo para la Tiki Party.