lunes, 6 de febrero de 2006

Comer, beber, amar.

Anoche, antes de irme a dormir, estuve viendo "Comer, beber, amar" (Yin shi nan nu) de Ang Lee.

En mi Pensadero explicaré qué me pareció, aquí quiero contar algo que en lo que no me había fijado hasta que una de las protagonistas lo dice.

Para empezar, tengo que decir que me encantan las películas que mezclan historias con gastronomía, como por ejemplo, "
Un toque de canela" de Tassos Boulmetis o "Como agua para chocolate" de Alfonso Arau. Y es que todo tiene una explicación: mi padre es jefe de cocina y mi madre también es un hacha con los fogones.

El señor Chu es un gran cocinero de un famoso restaurante de Tai-Pei. Tiene 3 hijas, cada una con una forma diferente de ver la vida. La mediana es una ejecutiva de unas aerolíneas, aunque su vocación frustrada era seguir los pasos de su padre y llegar a ser cocinera.

El caso es que después de un intento frustrado de independizarse, se va a casa de su ex para cocinar y le cuenta que en la cocina de su casa no puede hacer nada, porque es de su padre, aunque a ella le encanta y toda su infancia la recuerda por olores y sabores.

Aquí es donde entro yo: a mí me pasa un poco lo mismo.

Durante muchos años, creo que me conocía una de las cocinas donde estuvo mi padre, casi tan bien como él: la pescadería (el sitio que menos me gustaba), las enormes cámaras refrigeradoras para las verduras (el olor era fantástico), la carnicería (no era lo mío pero me quedaba mirando cómo se preparaban las diferentes piezas), la zona donde se preparaban los desayunos, las enormes encimeras con un montón de fogones... y la pastelería. Aaaaaaaaaaaaahhh... la pastelería, era mi sitio favorito en el mundo mundial por aquellos entonces.

Yo debía tener unos 8-10 años más o menos y cuando acababa el colegio a mediodía iba a comer con mi padre al hotel donde trabajaba (mega pijillo, por cierto). En realidad mi padre ya había comido, pero siempre se sentaba conmigo (porque mi madre trabajaba) hasta que me iba otra vez a clase por la tarde (viva la jornada intensiva).

Recuerdo que me pegaban temporadas por comer cosas: pollo asado primero y luego, cuando descubrí la pasta, espaguetis boloñesa. Pero sólo si los preparaba mi padre porque no es por nada, hace una salsa boloñesa que te requetechupeteas los dedos. Claro que luego mi padre me traía lo que le daba la gana, no iba a estar todos los días a base de espaguetis!!

Como decía, la pastelería. Ahí me podía tirar yo horas mirando cómo se hacían masas, cremas, helados, se montaban claras y nata, jugaba a cerrar los ojos y adivinar por el olor el nombre de las especias... y otras veces me encantaba jugar con la harina jajaja... aún hoy me encanta manosearla porque me encanta su textura tan fina. Qué chorrada!

Evidentemente no podía estar una niña en la cocina, pero a mi me daba igual, yo p'alante hasta que me echen. Pa cabezota yo, que se note que soy hija de mis padres!

Un día, justamente que no entré, mi padre me llamó y llevó a la pastelería (yupi) para enseñarme un montón de huevos cocidos que habían hecho para Pascua. Había que decorarlos y me dejaron participar. Me lo pasé en grande... a mí me pareció que había millones de ellos, pero creo que en realidad sólo eran 50 o algo así. Ya ves tú.

Los teñimos de azul, de rosa y verde... a otros les pusimos semillas de sésamo y luego, mis favoritos: los que pintábamos (el pastelero, la animadora del hotel y yo) con pinceles que mojábamos en diferentes glaseados, como si fueran acuarelas.

En casa, mi padre también cocina, pero yo no me meto mucho con él, porque él se lo toma muy en serio, es como si no hubiera dejado el trabajo. Y me pone nerviosa: yo no soy uno de sus cocineros, no sé hacerlo todo! Mi hermano le ayuda más, porque él pasa de todo, pero yo me reboto si mi padre se me pone en plan jefe.

Pero hay un postre que... ahora que lo pienso, no sé ni cómo se llama, pero sé que son bolitas de merengue hervidas en leche y con las yemas sobrantes hace una crema con anís, canela y azúcar. Está de muerte, es mi postre favorito. Una vez se nos rompió la batidora y tuvimos que hacer el merengue a mano... para 10 personas que venían a comer a casa... mi padre me dijo que me pusiera a batir las claras "hasta que huelan a ajo". Jajajajaja aquello nunca olía a ajo pero era la manera que tenía mi padre de mantenerme ocupada mientras él iba adelantando otras cosas.

También me enseñó a hacer crepes Suzette... qué cosas!

Pero también me pasa un poco como a la hija mediana del señor Chu, mi padre no quería que me dedicara a la cocina. A veces se me pasó por la cabeza, pero a mí lo de tocar el pescado para limpiarlo me daba nosequé queseyó. Ya he dicho muchas veces que mi verdadera vocación era el diseño en cualquiera de sus versiones, pero sobre todo de moda, y es que, por parte de mi madre, mi abuelo y mi abuela eran sastres. Lo que pasa a ninguno de mis padres les gustó la idea.


Tampoco puedo cocinar en mi casa, a no ser que me encuentre sola. En el hotel la cocina es de mi padre, en casa es de mi madre y tener a cualquiera de los dos detrás resulta francamente estresante e incómodo.

Al final de la peli la hija mediana del señor Chu vive sola y está cocinando unas tortitas que se usan para hacer dim-sum.

No estaría mal...

2 comentarios:

Kaster dijo...

parafraseando y modificando un dialogo de El Padrino 2...

Que bello post!


:**

Mara Jade dijo...

Gracias wapo!